Nací en Coripe,
un pueblo precioso
rodeado de olivares,
un veinticuatro de Noviembre
de mil novecientos cuarenta y tres.
Hija de padres humildes
pero honrados y leales
de la cabeza a los pies.
María Olmo mi madre
y mi padre Rafael,
Rafael Romero Vazquez,
a los cuales adoré.
Y con ellos cinco hermanos:
Francisca, María, Rafael,
Y los otros dos pequeños
Irene y Pepe también,
a los que he querido y quiero
y que siempre los querré.
No se si interesa a alguien,
pero por si es así,
a la edad de quince años
tuve que marchar de aquí.
Y antes que esto ocurriera,
y como era normal,
yo tuve que hacer trabajos
que cuestan enumerar:
Tagarninas, espárragos, palmas,
carbón, agua, leña...
Y todo para mercar,
pues a mi padre, de pequeña
yo le tuve que ayudar,
por tener un brazo sólo
y a alguien había de tocar.
Y hasta ayudé a las ovejas
cuando se hizo pastor,
en el cortijo de San Pedro
que recuerdo con amor,
porque fueron los últimos años
que con ellos y a su vera
a mí me tocó vivir.
Y desde allí marché
a Sevilla a servir,
y quizás ya sea pesado
el seguir enumerando,
Para aquel que esté leyendo
con este texto en las manos,
Pues más bien me entenderá
el que tubo que salir,
el que tubo que emigrar,
pues se añoran los caminos,
los senderos, las veredas,
y sobre todo echas de menos
lo que dejaste en la tierra,
aquellos seres queridos
que ya no pudiste ver,
y por eso vuelves a Coripe
una, otra, y otra vez.